La luz de María Sanz
Se pregunta María, al final
del poema Mediodía -donde la alberca
recoge, como unas manos, el cielo en plenitud de esa hora del verano- “Quién hubiese guardado tanta luz”. La pregunta
-así habitualmente sucede con las interrogantes poéticas- es formulada como un
desahogo, un suspiro, como una oración final que, en realidad, no espera
respuesta. Pero aunque el poeta no aguarde una contestación, el lector -que a
las alturas de este poema habrá ya paseado la mitad de las páginas del libro y
habrá probado de unos melocotoneros esos “
frutos caídos ante tu despedida” o habrá sentido en sus hombros el agua
jabonosa en un baño de cinc o habrá tenido el blancor en las manos de La
tapia al pie de los rosales- responderá que son, precisamente, estos
poemas, estos versos de elegante trazo, de depurada técnica donde nada sobra,
nada desentona, donde todo es precisión en aras de crear una superficie clara,
casi aérea como una acuarela, donde está contenida toda la luz .
“¿No
fue aquello un milagro?”
Se preguntará Rilke en sus elegías
consciente, como María, de que la respuesta es un sí más que una duda y aquí,
ese milagro del poeta que es la luz de una finca, la luz de la infancia está perfectamente recogida y contenida.
“Sé bien que no volveré/a pisar más ese huerto/que
sé que pisé despierto/por más que me lo soñé” dice Ramírez Lozano parece que anticipando el poema de María donde el
huerto le daba a comulgar –año tras año- sus frutos mejores, lejos del sinsabor
desconocido. Pero aquí la poeta vuelve a pisar el huerto y nos lleva en un
recorrido de ojos cerrados por los espacios donde aconteció la dicha. Y su voz
se hermana con la de Ramírez y con la del Muñoz
Rojas de Oscuridad adentro donde
afirma “He entrado en la casa deshabitada
de todo / salvo de un olor a jazmines/ que la llenaba”, para rematar más
adelante “…Errabundo por la vieja casa me he perdido/ buscándome a mí mismo/ a
ver si por fin me encuentro”.
Se cuestiona Ramón
Gaya en el Diario de un Pintor si
lo que se olvida no llega a perderse, sino que quizás se aloje en “un lugar
nuestro más secreto y profundo esperando revivir”. No sé si María había olvidado
esa finca de la que ya sólo atesora un “reflejo
en el rincón perdido de los gozos” y sigue dando luz –de nuevo la luz-
debajo de los espacios vacíos de los ojos.
Podrán imaginarse cuán mío –perdonad la cita- he hecho este poema, de qué
manera me hiere. Yo cerré un día y para
siempre la puerta de una finca, La viña
perdida, pero puse su luz, su olor, sus silencios en los versos para que su
atmósfera quedara ya para siempre dentro del libro que me lo ha dado todo.
Cerrar puertas y abrir libros. Este ha sido
también el destino de María Sanz, por eso cuando pasamos las páginas, nos
sentimos envueltos por el calor del “fuego
sagrado” del que habla en el primer poema y no es, nada más y nada menos,
que la memoria de las horas felices de la infancia.
La voz del poeta se dirige al lector en un tú que
el oyente convierte –al identificarse- en un yo, pues todos –como en el poema
la Higuera- “al fin y al cabo buscamos un
espacio donde el sol no calcine la ternura”. Redundancias aparte, al fin y
al cabo todos estamos solos cuando se apagan las luces de la sala y proyectamos
la película en blanco y negro de nuestra vida. “Un espacio donde el sol no calcine la ternura”. Belleza y ternura,
todo está unido en estas páginas que no experimentan, que no inventan nada
porque María Sanz no necesita hacerlo, no necesita impostar la voz o encender
la mecha de pirotécnicas modernidades. No, solo ha tenido que seguir la senda
de la ternura, la grandeza de las cosas pequeñas, echar unos troncos a la
candela de la memoria y verlos arder como bien ha hecho en estos versos.
Y es que ocurre que ahí estamos todos, ahí vamos
todos con la ternura a cuestas, buscándola con María en la oscuridad del
invierno y encontrándola en el pequeño sol de un brasero donde esperamos la
nieve, una nieve que unos vivieron y que a otros nos contaron, mientras lanzamos
puñados de alhucema al fuego. Decíamos que es este un libro de lo pequeño, de
los detalles, de instantes que son rescatados, levantados –como en el versículo
de Isaías que canta Haendel- y protegidos del “expolio del tiempo”, igual que los rosales, esos rosales que no
eran de Rodas ni de Cretas, simplemente eran los tuyos, los de tu casa, los de
tu infancia, aquellos que cuidaba la madre o la abuela y que ahora todos
podemos ver en una de las páginas más eternas del libro. Y si a Borges podía matarle una guitarra, a
María Sanz el murmullo de una radio sobre un tapiz de gorriones bullendo, es
capaz de sonar al compás del corazón mientras los caracoles que crecen entre
las hojas resecas le dan noticias de gnomos y de hadas escondidas.
Todo este festín de los recuerdos, este memorial
de nostalgias va terminando en la noche de verano y un postigo que se va
cerrando dejando la infinitud del campo envuelto en la cinta del aroma de las
damas de noche. Quien cierra la puerta es una niña, una niña que está sola en
el magnífico poema final buscando la luz que se refleja en las fotos o intentando
escuchar los sonidos del zureo o de las hojas en el fondo del pozo. Esos
sonidos son transformados en poesía dentro de este libro. Un libro donde como dice
el poema de Keats “The poetry of the earth is never dead”,
la tierra aún guarda -con ternura de
nido- las huellas de la niña de ayer, del poeta de siempre, porque la
tierra ya sabía que alguna vez acontecería el regreso. Así ha sido porque la
niña, poeta, sabía que había un tesoro por desenterrar. Hoy, mientras apartaba
terrones ha encontrado un cofre, dentro había unas páginas y una inscripción
con letras amarillas: El primer reino.