lunes, 28 de marzo de 2016

Carta a José Julio Cabanillas por sus Poemas Descalzos


Leo este libro durante los días santos que van del Domingo de Ramos al Jueves, día del Amor fraterno. Me sorprende el enfoque, los matices nuevos, originales -y a veces atrevidos- de estos 20 poemas leídos y releídos a modo de ejercicio espiritual en el más amplio concepto de la palabra.  
La idea del Gran Fiscal y la imagen del “hombre joven” que cruza –entre los aplausos de oro de la mariposa, ¡bravo!- “montado en un burrito” que “es un trono”, consiguen atrapar al lector ya desde el primer poema. La visión del cenáculo en el que, tras la pared, se oyen los “golpes de azada al corazón del hielo” hace trasladarte al drama de la noche de Pascua, cuando todo está dispuesto ya para la tragedia del Dios-Hombre. No puedo olvidar el poema Jordán, que contiene una metáfora de esas que otro poeta envidia, la del “agudo sonajero de oro”. Uno de los que más me gustan, es Árbol, ese “en lo poco que de mí quedaba…” me ha hecho reflexionar sobre la cruz, latigazos y golpes clavados sobre hachazos, savia seca con sangre, muerte sobre muerte… Mas, como dice la Liturgia del Viernes, ahí está “clavada la Salvación del Mundo” y esa salvación la vemos en tus versos sintetizada, resumida, en –poema Monte de la calavera- la mirada del hombre que antes de morir encuentra a su madre y “en medio de la cruz brota una rosa”.  Escribe Santa Teresa que  la Cruz es una “oliva preciosa” y que en la “cruz está la vida y el consuelo”.  Qué modo más bello, amigo José Julio,  de señalar que allí empieza la Salvación,  porque todo comenzó en los días en que –como se dice en el siguiente- madre e hijo estuvieron juntos “tú dentro de mi adentro”. En ese Stabat Mater hay momentos –por decirlo a lo Rilke- terriblemente bellos, como la invocación “Bendita sea la muerte si hasta ti me llevara en un barco de luto” y los brazos de la Madre, esperando ser, de nuevo, cuna para el cuerpo dormido del hijo. Cuerpo al que la madre abraza luego mientras canta una Nana estremecedora –¿el mejor y más emocionante poema de todos?- que acaba con el enigmático gong de los gallos (¡qué hermoso!) y la madre incitando, como en Caná, de nuevo al prodigio. 
En Omnia encuentro un poema cristocéntrico, donde todo orbita alrededor del cuerpo alzado -¿crucifixión? ¿consagración?- y del pecho “del amor muy lastimado”, como dijo Juan de la Cruz. Sabido es mi gusto por las procesiones, por eso leo con cariño Santo Entierro, donde adivino el discurrir de una cofradía entre las nieblas de la memoria donde “otra vez” resuenan los “redobles bajo un clarín de estrellas”. Y en “Mal de ausencia” me devuelve un recuerdo  de niñez en los pueblos de España cuando, a las tres de la tarde, suenan las campanas anunciando que es la hora en que murió el Señor -así sigue ocurriendo en el mío, Galaroza- y esa emoción de lo perdido, los pasos de la abuela, las llamitas dentro del cristal de las canicas y el hombre que se despierta,  confundido, sobre la peonza del mundo. De un modo especial estremece la imagen de “La piedra” donde  un cuerpo con la espalda “tatuada de arco iris” aguarda la luz del día tercero (hace poco escribí que esa piedra era una piedra molar donde el grano muere para convertirse en pan de vida), un día en que Jesús volverá con “un ramo de nieve” en las manos. 
Finalmente  surgen dos poemas infinitos: Gloria y Oración por un campo de higueras. En Gloria me ilumina esa caja de música del verano –maravilloso- y el final donde damos gracias por lo desconocido, por la grandeza de Dios manifestada en su creación y de la que solo conocemos, una mínima parte, como el que toma un poco de agua salada entre las manos. Y en “Oración…” no puedo dejar de acordarme de mi vieja casa de Galaroza. “La viña perdida” –así se llama- estaba entre olivos e higueras y cuántas veces, en verano, he pensado que la resurrección –pues la resurrección es plenitud- debería ser parecido a estar con mis hijos de la mano caminando, en tardes de un agosto sin tiempo, con la cesta en el brazo cargada de esos frutos coronados de “gotitas de ámbar”.     
Admirado José Julio, gracias por este poemario que nos has regalado, con una visión nueva y valiente de estos días de la Pasión. Su lectura, junto a la audición de la Pasión según San Mateo, ha sido mi método de preparación para el Triduo Pascual y ambos -libro y música- me han ayudado a buscar al Señor y a que mi corazón halle  “en Él su gloria y su contento”.
Un abrazo 

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