lunes, 28 de marzo de 2016

La luz de María Sanz (presentación del libro El primer reino)

La luz de María Sanz

Se pregunta María, al final del poema Mediodía -donde la alberca recoge, como unas manos, el cielo en plenitud de esa hora del verano- “Quién hubiese guardado tanta luz”. La pregunta -así habitualmente sucede con las interrogantes poéticas- es formulada como un desahogo, un suspiro, como una oración final que, en realidad, no espera respuesta. Pero aunque el poeta no aguarde una contestación, el lector -que a las alturas de este poema habrá ya paseado la mitad de las páginas del libro y habrá probado de unos melocotoneros esos “ frutos caídos ante tu despedida” o habrá sentido en sus hombros el agua jabonosa  en un baño de cinc  o habrá tenido el blancor en las manos de La tapia al pie de los rosales- responderá que son, precisamente, estos poemas, estos versos de elegante trazo, de depurada técnica donde nada sobra, nada desentona, donde todo es precisión en aras de crear una superficie clara, casi aérea como una acuarela, donde está contenida toda la luz .
“¿No fue aquello un milagro?” Se preguntará Rilke en sus elegías consciente, como María, de que la respuesta es un sí más que una duda y aquí, ese milagro del poeta que es la luz de una finca, la luz de la infancia está  perfectamente recogida y contenida.
“Sé bien que no volveré/a pisar más ese huerto/que sé que pisé despierto/por más que me lo soñé” dice Ramírez Lozano parece que anticipando el poema de María donde el huerto le daba a comulgar –año tras año- sus frutos mejores, lejos del sinsabor desconocido. Pero aquí la poeta vuelve a pisar el huerto y nos lleva en un recorrido de ojos cerrados por los espacios donde aconteció la dicha. Y su voz se hermana con la de Ramírez y con la del Muñoz Rojas de Oscuridad adentro donde afirma “He entrado en la casa deshabitada de todo / salvo de un olor a jazmines/ que la llenaba”, para rematar más adelante “…Errabundo por la vieja casa me he perdido/ buscándome a mí mismo/ a ver si por fin me encuentro”.
Se cuestiona Ramón Gaya en el Diario de un Pintor si lo que se olvida no llega a perderse, sino que quizás se aloje en “un lugar nuestro más secreto y profundo esperando revivir”. No sé si María había olvidado esa finca de la que ya sólo atesora un “reflejo en el rincón perdido de los gozos” y sigue dando luz –de nuevo la luz- debajo de los espacios vacíos de los ojos. Podrán imaginarse cuán mío –perdonad la cita- he hecho este poema, de qué manera me hiere.  Yo cerré un día y para siempre la puerta de una finca, La viña perdida, pero puse su luz, su olor, sus silencios en los versos para que su atmósfera quedara ya para siempre dentro del libro que me lo ha dado todo.
Cerrar puertas y abrir libros. Este ha sido también el destino de María Sanz, por eso cuando pasamos las páginas, nos sentimos envueltos por el calor del “fuego sagrado” del que habla en el primer poema y no es, nada más y nada menos, que la memoria de las horas felices de la infancia.
La voz del poeta se dirige al lector en un tú que el oyente convierte –al identificarse- en un yo, pues todos –como en el poema la Higuera- “al fin y al cabo buscamos un espacio donde el sol no calcine la ternura”. Redundancias aparte, al fin y al cabo todos estamos solos cuando se apagan las luces de la sala y proyectamos la película en blanco y negro de nuestra vida. “Un espacio donde el sol no calcine la ternura”. Belleza y ternura, todo está unido en estas páginas que no experimentan, que no inventan nada porque María Sanz no necesita hacerlo, no necesita impostar la voz o encender la mecha de pirotécnicas modernidades. No, solo ha tenido que seguir la senda de la ternura, la grandeza de las cosas pequeñas, echar unos troncos a la candela de la memoria y verlos arder como bien ha hecho en estos versos.
Y es que ocurre que ahí estamos todos, ahí vamos todos con la ternura a cuestas, buscándola con María en la oscuridad del invierno y encontrándola en el pequeño sol de un brasero donde esperamos la nieve, una nieve que unos vivieron y que a otros nos contaron, mientras lanzamos puñados de alhucema al fuego. Decíamos que es este un libro de lo pequeño, de los detalles, de instantes que son rescatados, levantados –como en el versículo de Isaías que canta Haendel-  y protegidos del “expolio del tiempo”, igual que los rosales, esos rosales que no eran de Rodas ni de Cretas, simplemente eran los tuyos, los de tu casa, los de tu infancia, aquellos que cuidaba la madre o la abuela y que ahora todos podemos ver en una de las páginas más eternas del libro. Y si a Borges podía matarle una guitarra, a María Sanz el murmullo de una radio sobre un tapiz de gorriones bullendo, es capaz de sonar al compás del corazón mientras los caracoles que crecen entre las hojas resecas le dan noticias de gnomos y de hadas escondidas.

Todo este festín de los recuerdos, este memorial de nostalgias va terminando en la noche de verano y un postigo que se va cerrando dejando la infinitud del campo envuelto en la cinta del aroma de las damas de noche. Quien cierra la puerta es una niña, una niña que está sola en el magnífico poema final buscando la luz que se refleja en las fotos o intentando escuchar los sonidos del zureo o de las hojas en el fondo del pozo. Esos sonidos son transformados en poesía dentro de este libro. Un libro donde como dice el poema de Keats “The poetry of the earth is never dead”, la tierra aún guarda -con ternura de nido- las huellas de la niña de ayer, del poeta de siempre, porque la tierra ya sabía que alguna vez acontecería el regreso. Así ha sido porque la niña, poeta, sabía que había un tesoro por desenterrar. Hoy, mientras apartaba terrones ha encontrado un cofre, dentro había unas páginas y una inscripción con letras amarillas: El primer reino.


Carta a José Julio Cabanillas por sus Poemas Descalzos


Leo este libro durante los días santos que van del Domingo de Ramos al Jueves, día del Amor fraterno. Me sorprende el enfoque, los matices nuevos, originales -y a veces atrevidos- de estos 20 poemas leídos y releídos a modo de ejercicio espiritual en el más amplio concepto de la palabra.  
La idea del Gran Fiscal y la imagen del “hombre joven” que cruza –entre los aplausos de oro de la mariposa, ¡bravo!- “montado en un burrito” que “es un trono”, consiguen atrapar al lector ya desde el primer poema. La visión del cenáculo en el que, tras la pared, se oyen los “golpes de azada al corazón del hielo” hace trasladarte al drama de la noche de Pascua, cuando todo está dispuesto ya para la tragedia del Dios-Hombre. No puedo olvidar el poema Jordán, que contiene una metáfora de esas que otro poeta envidia, la del “agudo sonajero de oro”. Uno de los que más me gustan, es Árbol, ese “en lo poco que de mí quedaba…” me ha hecho reflexionar sobre la cruz, latigazos y golpes clavados sobre hachazos, savia seca con sangre, muerte sobre muerte… Mas, como dice la Liturgia del Viernes, ahí está “clavada la Salvación del Mundo” y esa salvación la vemos en tus versos sintetizada, resumida, en –poema Monte de la calavera- la mirada del hombre que antes de morir encuentra a su madre y “en medio de la cruz brota una rosa”.  Escribe Santa Teresa que  la Cruz es una “oliva preciosa” y que en la “cruz está la vida y el consuelo”.  Qué modo más bello, amigo José Julio,  de señalar que allí empieza la Salvación,  porque todo comenzó en los días en que –como se dice en el siguiente- madre e hijo estuvieron juntos “tú dentro de mi adentro”. En ese Stabat Mater hay momentos –por decirlo a lo Rilke- terriblemente bellos, como la invocación “Bendita sea la muerte si hasta ti me llevara en un barco de luto” y los brazos de la Madre, esperando ser, de nuevo, cuna para el cuerpo dormido del hijo. Cuerpo al que la madre abraza luego mientras canta una Nana estremecedora –¿el mejor y más emocionante poema de todos?- que acaba con el enigmático gong de los gallos (¡qué hermoso!) y la madre incitando, como en Caná, de nuevo al prodigio. 
En Omnia encuentro un poema cristocéntrico, donde todo orbita alrededor del cuerpo alzado -¿crucifixión? ¿consagración?- y del pecho “del amor muy lastimado”, como dijo Juan de la Cruz. Sabido es mi gusto por las procesiones, por eso leo con cariño Santo Entierro, donde adivino el discurrir de una cofradía entre las nieblas de la memoria donde “otra vez” resuenan los “redobles bajo un clarín de estrellas”. Y en “Mal de ausencia” me devuelve un recuerdo  de niñez en los pueblos de España cuando, a las tres de la tarde, suenan las campanas anunciando que es la hora en que murió el Señor -así sigue ocurriendo en el mío, Galaroza- y esa emoción de lo perdido, los pasos de la abuela, las llamitas dentro del cristal de las canicas y el hombre que se despierta,  confundido, sobre la peonza del mundo. De un modo especial estremece la imagen de “La piedra” donde  un cuerpo con la espalda “tatuada de arco iris” aguarda la luz del día tercero (hace poco escribí que esa piedra era una piedra molar donde el grano muere para convertirse en pan de vida), un día en que Jesús volverá con “un ramo de nieve” en las manos. 
Finalmente  surgen dos poemas infinitos: Gloria y Oración por un campo de higueras. En Gloria me ilumina esa caja de música del verano –maravilloso- y el final donde damos gracias por lo desconocido, por la grandeza de Dios manifestada en su creación y de la que solo conocemos, una mínima parte, como el que toma un poco de agua salada entre las manos. Y en “Oración…” no puedo dejar de acordarme de mi vieja casa de Galaroza. “La viña perdida” –así se llama- estaba entre olivos e higueras y cuántas veces, en verano, he pensado que la resurrección –pues la resurrección es plenitud- debería ser parecido a estar con mis hijos de la mano caminando, en tardes de un agosto sin tiempo, con la cesta en el brazo cargada de esos frutos coronados de “gotitas de ámbar”.     
Admirado José Julio, gracias por este poemario que nos has regalado, con una visión nueva y valiente de estos días de la Pasión. Su lectura, junto a la audición de la Pasión según San Mateo, ha sido mi método de preparación para el Triduo Pascual y ambos -libro y música- me han ayudado a buscar al Señor y a que mi corazón halle  “en Él su gloria y su contento”.
Un abrazo 

miércoles, 6 de enero de 2016

De la Ilusión Estrella

...
Y entre tantas lucecitas
que una tras otra encendiera
cuando pasaba, encendió 
aquella ilusión primera
dentro de mi corazón.

martes, 5 de enero de 2016

Epifanía

Vamos en el coche, al mediodía y con los niños, por una carretera de la Sierra. Entonces Luga, el mayor de los tres, afirma:
-Papá ¿sabes que yo no creo en Papá Noel?
La sorpresa de su madre y mía se manifiesta en un silencio tenso que el niño reconoce, rápidamente, como una interrogación ante la que se reafirma:
-Es más, ninguno de mis amigos cree en Papá Noel.
Sin saber lo que me espera formulo una pregunta mientras voy preparando el contraataque:
-Y entonces….¿Quién te trajo el regalito del día de Navidad?
-¿Quién va a ser, papá? ¡Eso lo mandaron también los Reyes Magos!
Entonces Paula y yo suspiramos “¡Claaaaro!”.

Feliz noche de Reyes.

martes, 15 de diciembre de 2015

Belén invade mi biblioteca

Entre un montón de libros,
Dios ha nacido,
vaya Niño más culto
y más leído.

Ay del chiquirritín...
Sobre tantas lecturas
quiso parir la Virgen,
¡cuánta  hermosura!

domingo, 13 de diciembre de 2015

La estación azul

Hoy en (min 44) La estación azul - Lecturas para regalar - 13/12/15, La estación azul - RTVE.es A la Carta rtve.es/a/3403662/ vía @rtve